sábado, 1 de septiembre de 2007

El Matadero, de Esteban Echeverría


Winston Morales Chavarro


El matadero, del escritor argentino Esteban Echeverría (Buenos Aires 2 de septiembre de 1805), se constituye en una de las primeras novelas políticas publicadas en la América Hispánica.
Su valor literario no sólo está inmerso en las posiciones asumidas por el escritor en lo que respecta a lucha de clases o ideologías, sino también en la incorporación del romanticismo argentino y con él, las ideas concretas y claras de lo que hoy entendemos como americanismo –algo que también la convierte en un referente-, liberalismo político, la idea de nación, lo popular como sinónimo de resistencia contra lo hegemónico y la invención de un lenguaje que lucha contra las escuelas eurocéntricas.
La novela plantea desde un comienzo la pugna que subyace entre federales y unitarios, lo que obliga al escritor argentino, algo que también se perfila en otros narradores como José Mármol y Domingo Sarmiento, a crear un ambiente simbólico que revele la intención o aspiración, a través de la narrativa realista, hacia la formación de un estado unitario, equitativo, liberal, preocupado por el estado social de sus coetáneos y con altos matices pedagógicos. Esto sin lugar a dudas originado a partir de sus perspectivas políticas e ideológicas y sus múltiples experiencias en el extranjero: Echeverría frecuentaba las tertulias en donde el tema central era precisamente la estabilidad y el progreso de las instituciones democráticas en el nuevo mundo, algo que él no conocía en Argentina a raíz de la dictadura de Juan Manuel de Rosas (Rosas clausuró el Salón Literario del que hacían parte, entre otros, el mismo Echeverría y el maestro Marco Sastre) y contra la cual luchaba desde su dogma socialista.
Además de la idea de “Formación del Estado”, lo que el escritor argentino busca establecer desde su búsqueda literaria es la organización social y política, algo que se encuentra latente en la creación de su dogma socialista y en la Asociación de Mayo (partido político que pretendía la unidad para la nación y que poseía simpatizantes en las mismas filas de Rosas).
Su narrativa muestra de manera no sólo realista sino también descarnada el acontecer cotidiano entre unitarios y federales, estos últimos, adeptos del dictador Rosas y enemigos de una sociedad ecuánime y plural:
“En aquel tiempo los carniceros degolladores del matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse que federación saldría de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a toda patriota ilustrado, amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el matadero...”
Lo anterior, denota una franca ironía –lo que podría establecerse como literatura realista – y una revelación simbólica que concatena a los federales (y con ellos al Restaurador) con el matadero, la inmundicia, el hedor, la sangre y la podredumbre. Es más, hay una conexión clerical, lo que no garantiza una perspectiva anticatólica, con los carniceros y los achuradores. Podría pensarse en este punto que existe una diáfana analogía entre el poder y la iglesia, el dogma conservador y los principios cristianos. La iglesia estaba con Rosas y al estar con Rosas negaba las dinámicas de una sociedad que acaba de romper sus lazos y grilletes. La sujeción entablada por los Federales puede asimilarse como el cólera de los animales rabiosos y la sangre del matadero con lo que sus espíritus ávidos persiguen: La sangre y la carne, el poder y la dictadura.
Sin embargo, serias preguntas lo asaltan a uno a lo largo del texto. ¿A quién se refería el escritor argentino al hablar del múltiple sacrificio de los novillos –justamente en cuaresma- cuando se supone la prohibición de la carne? ¿Otra analogía? ¿Quiénes son aquellos que forman parte del matadero (el carnicero, los mastines, los achuradores) y que además están bajo el servicio de las clases hegemónicas? ¿Por qué la muerte o automuerte de unitario? ¿La edad del personaje –25 años- tiene que ver con la posibilidad de una ideología nueva? ¿Por qué unitario se plantea y se dibuja con particular belleza? Estas preguntas tienen unas respuestas bien definidas, las cuales prefería no responder. Lo que si está bien claro es que unitario representa al héroe y los federales –con el restaurador (Rosas) a la cabeza-, la antitesis.
La novela, pues, se funda como una de las primeras novelas políticas y una estética de la contestación. La apelación de Echeverría a un estado autócrata -toda dictadura debe concebirse como un galimatías- lo convierte en un narrador revolucionario, no el de las armas ni los garrotes (lo que demostraría una decadencia como la de cualquier gobierno autocrático), que confronta lo déspota y lo tiránico y propone para la patria la unidad nacional a través de un principio socialista.
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